LA MUJER MISTERIOSA

 


Hoy les relatare el relato de la Mujer Misteriosa, que durante muchos años revoloteo por el mundo, en busca de la paz y un poquito de amor, pero el destino la ignoro por completo, haciendo que su vida fuera majestuosamente incomprensible para el ser humano.

Contemplé el calvario de la ciudad desde la simple y desinteresada imagen de mi mundo,
nada iba conmigo, nada robaba a nadie. Ni tan siquiera en el compartir de los días. Así que partí. Cogí mis cosas y marché lejos de aquí hacia una nueva era. Hacia mi auténtico y glorioso yo.

Los achaques repentinos viajaron bajo mis ropas levantando cada poro de mi piel. ¿Permiso? Ningunos, desnuda corrí hasta la mar. Cuanto sudor hasta llegar. ¡Que alegría! ¡Que frescura! ¡Cuánta libertad! Que el mundo siga igual. Que abulto poco. Que ni me ves y ni me oyes. Que pocos me conocen y pocos dicen mi nombre.

Y te hablo desde este gran y simple mundo. Este, el mío y el tuyo también. Quédate el resto. Viaja en tu velero y no mires atrás. Pero solo pido un momento. Uno del que hablar. Uno que recordaré, déjame una flor sobre la cama. Que su perfume embriague mi voz. Y te escucharé en el murmullo del silencio.

Y dame de beber un poquito de mar. Que algún día seré parte de él.

La playa con su oscuridad acariciaba la planta de mis pies marchitos. El mar, encierro de misterios, volvía a hablarme como lo hacía con el hombre en tiempos ancestrales. Las pequeñas luciérnagas, titilaban a mi paso, demostrándome como la vida, por dónde debía caminar. No había estrellas fugaces, ni fogatas, ni tesoros escondidos descubiertos bajo tenues luces de lámparas de queroseno. Solo estábamos la oscuridad y yo, tertuliando en silencio con la playa de mi corazón. Las luciérnagas mágicamente me abrían paso a una transición, un portal. Mis ojos vidriosos, brillaban como queriendo entregarse. Mi piel, oxidada por la vida salina y por la ausencia de mi amado, se entregaba a las sensaciones astrales que ofrecía aquella noche.

Me acerqué al mar, le susurré como lo hacía su marea conmigo y una luciérnaga, capturó mi mirada mustia. El inmenso océano me señalaba ya un comienzo a otra aventura, la vía láctea con su asombrosa vanidad se reflejaba imponente en el espejo inquieto que, con mis pies jugueteaba. De pronto, todo lo que siempre había estado frente a mí, acompañándome en cada año de mi vida, cambió. Frente a mis ojos se desplegaba un jardín muerto de constelaciones y colores, magia. Mis fuerzas despojaban mi cuerpo, lentamente, el aire se retiraba sin yo dar lucha y fue dejando de hacerme falta, me sentí cansada.

Incrustada en la arena nocturna, como portones al abismo de Poseidón, había grandes rocas, en las que tomé asiento sin temor. Ante el espectáculo sobrenatural, mi cuerpo se abrió. Al sentir plenitud, quise volar, mas escogí seguir el ritmo de la marea y caminar hacia el espejo infinito, busqué a mi amado con mis lágrimas en los ojos, seguí a las sirenas y me marché con el alma del mar hacia las alturas, a buscar mi estrella, con quien tanto esperé volver a estar.

Laureano García Agudo.