EL TREN DE NUESTROS SUEÑOS


Un tremendo dolor de cabeza martilleaba mis sienes, y aquel ruido machacón de las bielas del tren moviéndose frenéticamente no hacía más que empeorarlo. Abrí los ojos lentamente,

pero no pude enfocar claramente a mí alrededor. Un flash, un rayo de luz me asustó: Luces de neón, rojas, verdes, azules; una paleta de colores que por un instante me cegó. Con trabajo abrí la puerta de aquel compartimiento, y salí al pasillo del tren. Extrañado y con paso tambaleante, se dirigió hacia la ventanilla del pasillo, justo enfrente del compartimiento.

Aparte del ruido de fuera, el interior estaba dominado por una calma extraña, un silencio casi sepulcral que le ponía los pelos de punta. Miró hacia la derecha, luego hacia la izquierda: nadie. Apoyado en el poyete de la ventanilla observó, los cipreses que pasaban velozmente frente a la ventanilla y el anaranjado del cielo, se cernían abrumador sobre la línea del horizonte en aquel atardecer pesado.

Chasqueó la lengua para eludir el sabor pastoso de su boca a alcohol… alcohol y algo más… Estuvo así unos minutos, intentando recordar qué hacía allí, quién era, cuando sintió el leve roce de un brazo golpearle la espalda. Al girarse para mirar, se encontró con los ojos más expresivos que había visto nunca. Unos ojos capaces de volver azul y limpio aquel cielo anaranjado y pesado, con una sola mirada.

Por encima del hombro se fijó en el número del compartimiento del que pocos minutos antes había salido: el 38 “Perdón” contestó la chica mientras bajaba su mirada en un gesto muy femenino; “lo siento, pero es que me encuentro un poco mareada”, continuó. “Me acabó de despertar y no recuerdo muy bien que hago aquí”, dijo ella. Él se extrañó. “Caramba, como yo.

Tampoco puedo recordar cómo he llegado hasta este tren. ¿En qué compartimiento está usted?” “Vengo del 35″, dijo ella. Pero creo que estamos solos. No hay nadie más en todo el vagón. He intentado acercarme hasta el siguiente vagón, pero no he podido abrir la puerta de acceso. Ahora me dirigía hacia la otra”. Nerviosos, sin poder controlar el movimiento de sus cuerpos, tanto por el movimiento del tren como por su estado, fueron todo lo rápido que pudo, echando una mirada en el camino a todos los compartimientos que iban encontrando. Vacíos.

¿Todos vacíos? Se miraron. Pero la sorpresa fue aún mayor cuando miraron a través del cristal de aquella puerta trasera. Nada… no había nada. Más paisaje, pasando rápidamente ante sus ojos. No había ningún otro vagón. Al poner las manos sobre la puerta, un nuevo flash cruzó su mente. Entre nieblas y grises, vio sus propias manos empujando otra puerta de madera desvencijada, mientras aquellas luces de colores quedaban a su espalda. ¿Qué era aquel lugar? Por un instante quiso recordar mucho ruido, gente, y su pecho se hinchó de excitación.

Empujaron la puerta del vagón con todas sus ganas, pero no cedió: atrancada también. El pánico empezó a apoderarse de ambos. Estaban encerrados allí dentro. Corrieron como alma que lleva en pena a lo largo del pasillo, como si un rayo fugaz les hubiera abierto la mente, en dirección a la primera puerta. De repente, ella se paró. Cuando se dio cuenta, él se giró y observó atónito los ojos desencajados de ella.

Siguió su mirada a través del cristal. ¿Venecia? Aquello que los rodeaba eran canales, y la silueta que ahora se dibujaba al fondo, recortada en el horizonte era la cúpula de San Marcos. Las ideas se le agolpaban en la mente, sin orden ni concierto. Sin una explicación plausible. No podía ser. No hacía ni 10 minutos había visto recortada la silueta de la Torre Eiffel. Estaba seguro que era París… ¿cómo podían estar ahora en Venecia? Aquello era una locura.

Un nuevo traqueteo imprevisto del tren, lo empujó contra ella. Sus hombros volvieron a chocar. Sus miradas se cruzaron… había algo en aquellos ojos… pero no podía recordarlo bien. Se vio nuevamente abriendo aquella puerta de madera desvencijada. Una pequeña habitación, con mosaicos blancos. Un lavabo. Y esos ojos, esa mirada. El cosquilleo que ahora mismo recorría su estómago…

Volvió a la realidad, si es que aquello podía tener ese nombre. Se volvió sobre sus pasos y de nuevo corrió hacia la primera puerta. Como ella había dicho, estaba atrancada, pero también se fijó aterrado en algo… al otro lado, tampoco había vagón. Era la máquina. Repentinamente se dio cuenta que la velocidad iba en aumento, que los cipreses allí fueran cada vez que pasaban era más deprisa; que la locura se desataba; que se veían envueltos en una vorágine de los mayores acontecimientos de los que no tenían ni idea, y de que se encontraban allí encerrados, solos y sin saber cuál era el final de aquel trayecto.

Desesperado se dirigió a la ventanilla y comenzó a golpearla. Nada. Buscó en el compartimiento más cercano algo con qué golpearla. Cogió el extintor, y lo lanzó contra ella. Ni un rasguño. Aquella maldita sensación de agobio que le laceraba el pecho. Y aquel maldito dolor de cabeza. No podía pensar. El tren empezó a dar una curva amplia. Cada vez a mayor velocidad. Por un momento pensó que descarrilarían y que sería el fin de aquella pesadilla.

A su lado pasaba ahora La Gran Muralla china. No pudo evitar una carcajada; de nervios, casi de locura ya. De Venecia a La China en apenas 30 minutos. “Todo un récord”, pensó. Y un poco más allá, a pocos kilómetros vio algo que le heló el alma. Un puente. Bajo él, un precipicio. El puente, roto. Y el tren se dirigía a velocidad ya de vértigo hacia él.

“No puede ser verdad; despierta, despierta”, pensó. La mano de ella se posó calmada sobre su hombro, transmitiéndole una sensación de paz inmensa. La miró. Estaba allí. Era ella, claro. ¿Cómo podía haberla olvidado? En aquel baño. Sobre el lavabo. La había sentado. La había besado con pasión. Sus cuerpos muy unidos, perdidos en aquellos besos en los que él le había entregado todo su corazón, mientras las piernas de ella le rodeaban para que no se escapara…

Metió la mano en su bolsillo. Una llave. Una llave dorada. Y se le hizo la luz. Corrió, arrastrándola de la mano, con él. Confía en mí, le dijo, mientras la llevaba a tirones por todo el pasillo. Tuvo tiempo de mirar de reojo antes de introducir aquella llave en la cerradura de la puerta trasera. El puente. Ya estaba ahí. Quedaban apenas segundos. Con manos sudorosas y nerviosas, giró la llave; sonó el clic de la cerradura al saltar; los goznes de la puerta. La empujó. La puerta se abrió. Él la miró, ella le miró.

Una mirada cómplice. Una sonrisa, la de ella, la que recordaba desde el día en que la conoció, tan limpia, tan sana, tan alegre. Y saltaron en el mismo momento en que el tren caía al vacío. Rodaron por la ladera del precipicio, hechos un ovillo, sin soltarse. Como podía, él la sujetaba, abrazada, intentando evitar que ella sufriera daño alguno; poniendo su cuerpo en todo instante para recibir él los impactos de aquella caída brutal. De repente, se frenaron. Quedó semiinconsciente, y sin embargo, se sentía tan feliz… Sobre él, ahora, sólo estaba un cielo estrellado, de un azul infinito, de una pureza blanca, de una esperanza de tonos verdes, de un rojo ardiente y apasionado. Y hasta sus oídos llegó el rumor de unas olas rompiendo quedas en la playa. Un nuevo delirio, un nuevo recuerdo. Sintió la mano de ella acariciándole el rostro…

Abrió los ojos. Despertó. Desorientado, sin girar la cabeza, miró a su alrededor. Pudo ver la copia que había adquirido un mes antes del famoso cuadro de “Los Girasoles” colgado en la pared de enfrente. En el techo, la lámpara resplandecía, recién encendida. A su lado, sobre la mesita de noche, el libro que estaba leyendo: “O llevarás luto por mí” de Dominique Lapierre. Y aquella mano que le acariciaba el rostro; aquellos dedos que suavemente le apartaban el pelo de su frente, con tanta dulzura, con tanto amor. La miró, y encontró de nuevo aquellos ojos tan expresivos, aquella sonrisa tan alegre, observándole con ternura.

Al fin habían despertado juntos. Al fin aquella noche habían podido estar juntos. Habían cenado fuera, y después decidieron irse a la discoteca a bailar un poco. Allí, entre luces de neón, copas y bailes muy sensuales, la pasión se despertó. Se dirigieron al baño y allí hicieron el amor como locos. Cansados, salieron de la discoteca, y se marcharon a la playa por donde pasaron a la luz de la luna, bajo aquel cielo estrellado con el que había soñado, tan azul, tan intenso. Tumbados en la arena, hablaron sobre ellos, sobre su pasado, sobre su presente, sobre su futuro.

Sus vidas habían sido como un tren desbocado que no podían controlar. Siempre entregándose en cada movimiento, pero zarandeados por tantos sueños perdidos, enjaulados, encerrados en sus propios acontecimientos; acercándose cada vez más al precipicio. Hablaron de esos mismos sueños, de un futuro, de libros, de explorar nuevos mundos, de viajes, de Venecia, de París, mon amour, de China. Allí sobre la arena, entre lágrimas de alegría, ella se tumbó sobre él, sus pechos unidos, desnudos ambos, y le besó largo y profundamente.

… Mientras le apartaba el pelo de su frente, allí en la cama, acercó sus labios sobre los suyos, y le depositó un beso corto y dulce; se acercó a su oído, y le susurró: “Has acariciado mi mente, despertándola y llenándola de emociones nuevas… mi Marco Polo… mis secretos te esperan. Tú eres el poseedor de mi “llave dorada”. Tiene tanta inmensidad el celebro, que la oscuridad que nosotros distinguimos para él, es el rayo infinito de la claridad del día.